El viejo cruzaba la avenida Corrientes sin apuro, como si el semáforo fuera otra luna dispuesta a esperar la noche entera. El paso cebra se eternizaba debajo de sus pies de plomo, pero era lindo verlo caminar como un beatle entrado en años, de bastón y sombrero, separando bien las piernas, con cierto ritmo. La luna, en una de sus fases, no era un detalle cualquiera: iluminaba la noche con una luz húmeda. Pronosticaban lluvia fuera y dentro de las casas; por eso la gente apuraba el paso sin saber bien a dónde ir. El viejo, en cambio, de traje azul a rayas, de sombrero como en las películas de antes, parecía encargarle a la lluvia que esperase, que todavía no había terminado siquiera de cruzar la calle. Me sorprendieron los autos cuando cambió el semáforo y dijo: adelante. Los autos esperaron que el viejo cruzase sin irritarse. Yo los miraba y parecía que, lejos de enfurecerse, le hacían una reverencia, como si las personas dentro de los coches sonrieran y bajaran un poco la cabeza al ver pasar al viejo. Como saludándolo, como deseándole cosas buenas. Las luces de los autos ponían en evidencia la humedad que había en el aire, alumbrando las minúsculas gotitas de una garúa imperceptible, sólo descubierta por la luz. El viejo estaba todavía por la mitad y yo no sabía si cruzar o seguir observándolo desde la vereda, con esa lluvia que amenazaba por todos los flancos. Creo que intenté seguirle el paso, pero no pude moverme, como si la marcha del hombre hubiera detenido la rotación de la tierra por unos cuantos instantes, para que él pudiera cruzar tranquilo la avenida sin que nadie lo molestase. Quise gritar: ¡viejo! pero entonces me di cuenta que el silencio de la calle era total y que tampoco yo podía pronunciar palabra. El viejo había callado de un solo bastonazo el ulular del mundo. Y de pronto estábamos todos allí (los vecinos, los coches, la lluvia con sus relámpagos, la luna en su fase menguante), esperando que el tipo llegara a quién sabe dónde. La verdad, no sé cuánto tiempo demoró el viejo en cruzar la avenida. Pudo haber sido un año. Pero yo creo que, cuando por fin llegó a su casa en la esquina de Corrientes y Gurruchaga, subió despacio la escalera de granito, colgó el sombrero, apagó el bastón, encendió la pipa y empezó a llover.